LA GRANDE BELLEZA



La belleza es cosa terrible y espantosa. Es terrible dado a que jamás podremos comprenderla ya que Dios solo interrogantes nos plantea. En el seno de la belleza las dos riveras se juntan y todas las contradicciones coinciden. Ciertamente, los misterios son infinitos. Son demasiadas las interrogaciones que aplastan al hombre contra la tierra.

Sí, el corazón del hombre es vasto, excesivamente vasto quizá. Lo preferiría más angosto. ¡El diablo conoce muy bien el corazón humano! Y así vemos que aquello que el intelecto considera vergonzoso, a menudo le parece de espléndida belleza al corazón. ¿Hay belleza en Sodoma? Creedme, muchos son los hombres que encuentran su belleza en Sodoma. ¿Sabíais este secreto?

Lo más horroroso es que la belleza no sólo es aterradora, sino también misteriosa. Dios y el Diablo luchan en ella, y su campo de batalla es el corazón del hombre. Pero el corazón del hombre sólo de su dolor quiere hablar.

F. Dostoievski

¿De qué va La Grande Bellezza? Me pregunta una vieja amiga. Pues de eso, de La Gran Belleza. Lo dice de bien claro desde sus inicios, lo expone tan abiertamente que nadie lo ve.

Había olvidado que la poesía fuese un ejercicio al alcance del cine. Recuerdo, confieso que vagamente, la tentación de abrazarla hace muchos años en brazos de Muerte en Venecia. Luego, un vacío hasta llegar súbitamente a esta otra muerte cinematográfica que es La Grande Bellezza, la muerte más dulce y más hermosa que jamás haya visto en una pantalla. Yo quiero morir así, como lo hace Jep Gambardella, lento, paseando los últimos instantes de la vida en los que el alma se prepara para partir amalgamando las despedidas y las conclusiones, asimilando la proximidad del viaje que le espera con su destino siempre inefable para el ser humano que habita a este lado de la Laguna Estigia. Iniciar el viaje como un flamenco volando hacia el ocaso, allá en el lejano oeste al que solo las almas tienen acceso, empujado por un suave soplo de la muerte tan vieja como sabia, tan silenciosa como certera.

La muerte de Gambardella es un paseo tranquilo, una conversación amable, un coqueteo entre viejos amigos que se saben inseparables, como lo son la vida y la misma muerte. “¿Por qué no has escrito otro libro?”, le pregunta la muerte, “porque buscaba la gran belleza, pero no la he encontrado” “¿Y sabes, -continúa la muerte – porqué yo solo como raíces?” “No- contesta Gambardella- No. ¿Por qué?” ” Porque las raíces son importantes” La muerte sonríe y sopla, porque el suyo es un acto feliz que hace levantar el vuelo a las almas permitiéndoles volver a sus raíces, a su verdadera esencia sin más necesidad ya de la teatralidad de este mundo.

En el principio de los tiempos, mucho antes de la existencia del mundo, de los hombres o de la creación misma, la diosa Perséfone y el Dios Dionisos compartían felicidad y armonía en la morada celeste recreándose en las formas de un mundo aún inexistente. Pero tras milenios de jugueteo con formas inexistentes Perséfone le dijo a Dionisos que deseaba crear aquellas formas inexistentes para que tuvieran existencia real y habitar en ellas.

Dionisos le dijo que esta era una proposición muy peligrosa porque para lograr que las formas pudieran realmente existir Perséfone debería fragmentarse para habitar ellas y darles alma. Perséfone siguió adelante en su empeño y bajó a la tierra dejando solo a Dionisos. Por un instante, Dionisos dudo en solicitar de Zeus una nueva compañera, pero recordó de inmediato que Perséfone era su amada y que era con ella con quien deseaba estar. Sin embargo, mientras tanto, Perséfone, atrapada en un mundo de formas materiales había olvidado su procedencia y su naturaleza divina y ya no recordaba quién era.

En su profundo amor por Perséfone, Dionisos bajó a la tierra para estar con ella. Pero al hacerlo los Titanes lo capturaron y lo metieron en un inmenso caldero ardiente. Como resultado, la creación entera se tiznó del humo que se desprendía de Dionisos, un halo divino. Las formas materiales adquirieron entonces la impregnación de ese halo divino, de ese elemento celestial que es la belleza. Ahora, las formas materiales tenían un halo de belleza divina que Dionisos les había otorgado con la esperanza de que Perséfone, a través del encuentro con esa belleza, recordase quién era ella.

Pero Perséfone, estaba completamente atrapada en la materia y no podía recordar su naturaleza divina.

Un día, cansada de las penurias, las miserias y el dolor de la materia, estaba sentada al borde de un lago donde se mesaba sus largos y hermosos cabellos como si al apretarlos y estirarlos pudiese extraer todo el dolor que había ido albergando a través de la vida en las formas. Sus ojos se posaron entonces sobre el espejo que las aguas le proporcionaban, el mágico espejo de Baco que devuelve el reflejo de la verdad, la imagen del ser verdadero y no el reflejo de la forma que habita. Vio entonces Perséfone su alma y supo quién era y del fondo de su ser surgió un grito desgarrador hacía su hermano y esposo Dionisos, !Auxíliame, hermano!

Dionisos al oírla acudió veloz en su auxilio fragmentándose una vez más para bajar a la tierra. Pero ésta vez no descendió a las formas de la materia, ésta vez se esparció para alcanzar a los héroes, a los filósofos, a los poetas, a los sabios.  Y es ahí, en la nobleza de los héroes, en la sabiduría de los sabios y los filósofos y en la belleza de los poetas, es ahí donde podemos recordar que el alma no es de este mundo.

El alma busca sus raíces en los flashes con los que brevemente destellea la belleza que nos recuerda que somos algo más que las formas. Gambarella no ha escrito otro libro porque buscaba la Gran Belleza, la Belleza con mayúsculas de la que hablan Platón y Plotino, la misma tradición de la que beberá el cristianismo para su secuela mística, la misma Belleza que busca Dostoievski y de la que habla en El Idiota. Pero pese a su sensibilidad, Gambarella se pierde en las formas de la materia y pese a que se sabe perdido no consigue encontrar la salida del laberinto que habita. Porque la vida, ya lo decía Platón no es más que un juego de sombras que vemos reflejadas en el fondo de una caverna, formas que no son verdad, que no son reales porque la verdad es otro de los aspectos de la Gran Belleza. La vida, lo que creemos importante, real o bello “Es solo un truco”…

Esta no es una lectura subjetiva de quien quiere ver donde no hay. El discurso es claro para quien no se pierde en la superficialidad de las formas.

La película no oculta nada, lo dice desde el principio con sus alegorías y sus referencias poéticas, visuales, musicales, simbólicas, literarias…

“Nuestro viaje es eternamente imaginario, de ahí su fuerza” incluso antes de que se haya expuesto un solo fotograma a nuestros ojos, Sorrentino, poeta y honesto como es, nos lo explica utilizando una de las novelas referenciales del S. XX, la vida “es una novela, una historia ficticia. Ocurre al otro lado de la vida“, Viaje al Fin de la Noche.

Pero esta no es una película para el entretenimiento ni la superficialidad; tampoco es un trabajo para iletrados. Abrimos el telón con Louis-Ferdinand Céline para dar paso a una salva y a esa otra metáfora Roma o muerte de la liberación que representa la muerte para el alma y en la que no me voy a extender. De inmediato, sobrevolamos, breve, pero claramente, el busto de Gustavo Modena, famoso autor teatral italiano quien era bien conocido por su maravillosa forma de declamar la Divina Comedia de Dante. Divina Comedia a la que vamos a volver una y otra vez a lo largo de toda la película. Gambardella también tiene su propia Beatriz en la figura de Elisa de Santis, su propia Koré, esa joven Perséfone con la que Gambardella nunca se casó. Ese fantasma que ahora viene a buscarle para indicarle el camino, esa koré bellísima, como no podía ser de otra manera, que le abre las puertas de los Campos Elíseos del único modo posible, “Ahora, quiero enseñarte una cosa”, le dice a ese alma que acaba de cruzar la la Laguna Estigia.

Sería tan interesante como largo acudir a todas y cada una de las referencias, las isotopías, las alegorías, las referencias, las proposiciones y cuestionamientos que Sorrentino hace a lo largo de la película, pero, permítanme citar apenas las más obvias por si, alguna vez, deciden volver a recrearse en este baño de poesía tan vanamente lanzado a un mundo que no sabe sino ver las formas de la materia.

El camino hacia la muerte de Gambadella se produce dulce, reposada, poética pero implacablemente cumpliendo todos y cada uno de los pasos que se esperan de semejante trance. Ese jugueteo con las metáforas del agua, de las monjas, de los barcos alejándose en el Tiber con su Caronte mientras el los ve pasar desde la orilla acercándose cada vez más hacia ellos… ese ir y venir entre el día y la noche, ese inicio de la película con el agua, con la muerte, con el ocaso que Jep contempla balanceándose sobre su hamaca… ese ocaso con el que acaba el día, con el que comienza la noche, con el que las almas levantan el vuelo hacía su morada eterna.

Tal vez sea hacia el final de la película cuando este transito se vuelve más obvio.  Por un momento, nos paramos a contemplar toda una vida, día por día, en esa exposición fotográfica en la que vemos pasar una vida entera ante nuestros ojos en un solo instante. Después, comprendemos que todo es un truco, que las cosas importantes de la vida no son lo que nuestros ojos ven.  La Belleza es otra cosa, está en otra parte. Estamos, otra vez, en ese marco referencial de las ruinas romanas de cuya gloriosa belleza no resta sino las estructuras, perdidos los oropeles, las ornamentaciones, la superficialidad, apenas cuatro muros y algunos arcos para recordarnos la grandeza de la que un día lejano hicieran gala las famosas termas de Caracalla.

Nos despedimos de los últimos amigos, y buscamos respuestas en el más allá. Pero ningún cardenal de carnaval puede darnos un anticipo de la verdad.  De la religión no nos queda sino sus ropajes. La muerte se nos presenta como debe ser, sin distinción entre rangos o razas. Y comienzan a aparecer las figuras enlutadas como monjas de clausura escondidas bajo sus velos negros.

Una vez que el cardenal nos da la bendición de la extremaunción se corre la última cortina de la vida y ya solo nos queda encontrarnos cara a cara con la muerte que duerme en el suelo de nuestra habitación. Entonces ya podemos hablar directamente con ella sin necesidad de intermediarios. Es el ocaso, y ella, que conoce el nombre de bautismo de todas las almas, es decir, su verdadero nombre, sopla dulcemente haciendo que estas den inicio a su viaje en busca del sol, de la verdadera luz. La luz del sol se apaga, es hora de partir y abandonar el mundo de las formas donde las almas no pueden sino pasar brevemente como una parada en su eterno viaje. Una vez recibido su dulce soplo, podemos ya saltar desde lo alto del puente a las metafóricas aguas del Tiber, justo cuando comienza el día, cuando las luces artificiales de la noche se apagan. Ya no volverá nuestro protagonista a dejar las aguas hasta alcanzar el inicio de la escalera donde Beatriz-Koré le estará esperando. Ya no volveremos a ver a Gambarella con sus pies clavados en el suelo ni una sola vez. La escalera donde le espera Beatriz, una escalera ascendente, ya no es una escalera de la ciudad de Roma, es otra escalera, al otro lado de las aguas.

El imaginario mar del techo de su habitación por el que navega su alma sabiendo cercano su momento, se ha convertido en un mar real y navegamos por el en el barco de Caronte para alcanzar las puertas del Hades, donde Beatriz, esa Koré, esa Perséfone aún virgen a ojos de Gambarella  a la que nunca llegamos a poseer,  pero igualmente emperatriz del ultramundo, se nos presenta como guía, “quiero que veas algo”, le dice, y le ofrece la primera visión de la Belleza,  pero esta vez, la verdadera, la Gran Belleza. “El hombre lo vive todo en presente” habrá dicho Bretón en la misma obra a la que Gambrella se ha referido en su última fiesta recordando ese ¿Quién soy? Mientras contempla borracho el juego del trenecito que tanto le gusta.

El cambio de luces sobre el personaje y la fusión de sus edades nos indica que ya no estamos en el mundo de los sentidos, sino en otro. “Que comience la novela”, esa que cierra el círculo con el inicio, aquel viaje al final de la noche que estaba al otro lado de la vida, esa que ahora comienza.   Los créditos nos sitúan también a nosotros en la barca de Caronte y aunque ya no vemos a Gambarella sabemos que somos sus ojos. Atravesamos los puentes de la Ciudad Eterna en un último recorrido cargado de alegorías que terminan con la visión de los ángeles bajo cuya presencia la música termina y se funde a negro.

Habíamos comenzado así, nos lo habían dicho, que esta era una película sobre la muerte, eso que le da sentido a la vida, porque es su inefable y categórica brevedad lo que nos hace cuestionarnos su sentido. El sentido y la “realidad” de todo.

“Me encanta el trenecito. ¿Quién soy yo? Así empezaba una de las novelas de Bretón. Y, naturalmente, la novela no da la respuesta. Los trenecitos que hacemos en nuestras fiestas son los más bellos de toda Roma. Son bellos porque no van a ninguna parte.” Gambarella recita a Bretón en su última fiesta, esa en la que borracho, no podía ser de otra manera, pues es Baco el que nos ofrece el espejo mágico en el que solo el alma puede reconocerse a sí misma, borracho contempla esos trenes mundanos que no van a ninguna parte.

“¿Quién eres tú?” Le pregunta una niña desde el fondo del Templete de San Pedro en Montorio. No es una pregunta baladí ni ingenua, ni hecha al azar.  Es una voz que sube desde el submundo, como si la mismísima Perséfone en su aspecto de Koré le cuestionase.  “No eres nadie” le contesta la niña ante el asombro de Jep. Es un aviso de una vida vivida bajo el signo de la cobardía. Se nos presenta inmediatamente después de haber conocido la historia de su verdadero amor, ahora desvanecido en brazos de la muerte y que desde la muerte vuelve a su vida para buscarlo. Un amor ante el que no supo hacer nada más que dejarlo ir.

Las alusiones, las metáforas, las referencias son tan numerosas como claras y bellas. Basta con saber leerlas. Por si hubiera alguna duda, el cartel de la película no deja ningún resquicio cuestionable: bajo su título revelador, la figura del dios Océano reposando a espaldas de Gambarella. Océano es un dios antiguo, un titán que se mantuvo siempre al margen de guerras y conflictos porque esa era su naturaleza, la del borde, la de los límites, la de las aguas que separaban la tierra del mundo conocido, el dominio de los vivos y las formas, de lo desconocido. Hay que cruzar muchos ríos para alcanzar el Hades y esos son los dominios de Océano, ni este mundo ni el otro, sino las aguas. Como esas aguas entre las que Gambarella navega esperando que pase su último barco, entre el día y la noche, entre el recuerdo y el olvido, entre la superficialidad y la sensibilidad.