El valor del cine

El cine adolece de una característica indomable: es un producto de masas al que cualquiera tiene acceso, desde el punto de vista del puro visionado del documento. Cuando en 1905 Edison inauguraba el primer recinto cerrado destinado a la proyección de “imágenes en movimiento” le puso el nombre idóneo para convocar a su público: Nickelodeon. Hacía clara referencia al precio de la entrada, un nickel, nombre con el que popularmente se denominaba a la fracción más pequeña del dolar estadounidense. Diez años antes y muy lejos del Nuevo Continente, en Paris, los Hermanos Lumière consagraban el año 1895 como la fecha oficial de la primera exhibición de cine y, pese a la escasa asistencia y pese al profundo sentimiento elitista de la familia Lumière, también cobraron la humilde entrada de un franco. Porque el cine, desde sus más tiernos inicios se desarrolló como una actividad lúdica destinada a la producción de lucrativos beneficios.

En ningún sitio dice que para ver una película sea necesario nada más allá de pagar la entrada. Único producto en el mundo, por cierto, por el que se nos cobra por adelantado a ojos cerrados, sin garantía alguna ni derecho de reclamación. Se paga la entrada y con ella se compra el derecho a toda crítica, sea esta del tipo o la cualificación que sea, pero se pierde todo el derecho de reclamación.

Las películas deben generar alguna clase de vinculación con el público lo suficientemente intensa como para que este quiera repetir la experiencia, puesto que de ese vínculo emocional depende la continuidad del negocio. La materia prima con la que se fabrican las mercancías que pueblan este mercado mundial, es tan etérea e inaprensible como sólidos son los resultados que genera, motivo por el cual conviene alimentar a la gallina de los huevos de oro más allá de toda duda. El público, además, así lo quiere. Como producto de mercado que es, el cine no tiene más objetivo ni obligación que la de generar beneficios monetarios a sus inversores, al tiempo que alimenta la ilusión de que su crematística misión forma tan solo parte de un segundo plano.

No basta pues con hacer películas, hay que reafirmar su validez proporcionándole dimensiones que amplíen su valor como objeto de deseo. Cualquier cosa vale mientras cumpla cometido vinculante con el público y enriquezca la ilusión de su validez, ya sea por cuestiones filosóficas, artísticas, culturales o de reafirmación de valores socialmente compartidos.

El estudio de la comunicación humana ha ido desarrollando a lo largo de la historia infinidad de especializaciones tratando de ahondar en una materia tan sutil como compleja. Pero más allá de hondas profundidades, en las que me sería imposible entrar aquí, en una cosa están todos de acuerdo: la problemática de su análisis se deriva tanto de los aspectos que escapan al control del emisor como de la capacidad de lectura del receptor.

Usando como trampolín un uso simplificado de las teorías desarrolladas por algunos estudiosos que se popularizaron enormemente en la segunda mitad del siglo XX como Joseph Campbell o Carl Gustav Jung,
Hollywood insiste en ofrecernos una visión pueril de la narratología fantástica. Visión ampliamente explotada por innumerables autores dispuestos a sumarse a la explotación crematística de estas corrientes. El desarrollo de este planteamiento requiere de una exposición aparte.

Esta necesidad de convertir en objeto de deseo y ensoñación todo lo referente al entorno cinematográfico y, especialmente, al entorno hollywoodiense complica con frecuencia el análisis de sus contenidos. Por otra parte, a menudo, los expertos en creación de guiones suelen no conocer con la misma profundidad otras narrativas pese a que las utilizan como cantera para sus trabajos pretendiendo barnizar así la producción cinematográfica con las características de aquellas.

Durante la Edad Media, las novias se vestían de rojo y dorado como muestra de su poder. Durante el siglo XIX las mujeres solían casarse en tonos oscuros para poder reutilizar el vestido tras la boda. Pero en 1840 la Reina Victoria de Inglaterra decidió llegar al altar vestida de blanco lo que llevó a un cambio en las costumbres que dura hasta nuestros días. Pese a la creencia popular, la Reina Victoria no había sido la primera reina en hacerlo, pero puede que Colón tampoco fuese el primer navegante en alcanzar las costas del Nuevo Mundo, pero fue su viaje el que hizo presente el Nuevo Continente en el mundo hasta entonces conocido y fue la boda de la Reina Victoria la que marcó la diferencia. En nuestro mundo no se trata de la verdad, se trata de la popularidad que la aparición de los grandes medios de comunicación han convertido en el único valor deseable. No se trata pues de ningún tipo de conocimiento al uso alcanzado mediante la lenta y profunda destilación de largas horas de estudio y trabajo. Se trata de alimentar las pulsiones propias de la infancia que buscan la satisfacción en la inmediatez y que se retroalimentan en mediante la aprobación del otro que se encuentra en la misma instancia de satisfacción infantil. El gobierno de la mayoría se impone por la fuerza del número no por la sensatez de sus decisiones.

Es imposible, y hasta innecesario, controlar “el sentir popular”. Es, sin embargo, imperativo y necesario que los considerados expertos o estudiosos en sus respectivos campos se consagren a ofrecer lecturas un tanto más ajustadas y profundas que las del sencillo y pulsional sentir popular.

Al acercarnos al producto cinematográfico nos enfrentamos así a una coyuntura compleja. ¿Se trata de un producto mercantil o de una creación artística? Sobre la primera parte la respuesta resulta devastadoramente diáfana, sí. La segunda parte de la pregunta nos lleva a una respuesta tan compleja como antigua que, a menudo, se ve aún más complicada por disyuntivas morales que, en realidad, no vienen al caso. El arte no es arte o deja de serlo porque el artista se vea retribuido por su trabajo. El arte es arte porque a través de su ejercicio el artista nos alcanza mundos a los que la pura razón y la matemática no pueden acceder convirtiéndose así en puente para que el espectador los descubra. No son, pues, universos fijos, tangibles segmentados ni segmentables. El arte nos abre las puertas a otros mundos que están en este, pero son otros.

Los poetas, nos dice Platón, “no son otra cosa que intérpretes de los dioses, poseído cada uno por aquel que lo domine”. Jesús Mosterín (Aristóteles. Historia del pensamiento, Alianza Editorial, 2006) explica que en el “Fedro” Platón mantiene su posición escéptica y prejuiciada ante el poeta, aduciendo que quien llame a las puertas de la poesía sin el delirio de las musas, confiando en que le bastará con la técnica para ser un poeta, ése fracasará. Pero Platón no conocía el poder de Hollywood ni el de Internet.

Yo comparto a ese Platón del Fedro en el que el poeta se trastoca en un poseído por la divinidad para convertirse en involuntario mensajero de aquellos, como una especie de Hermes momentáneo, de segunda clase, pero mensajero, al fin y al cabo.

El cine, y todas las nuevas teorías que tratan de desvelar los cotizados “secretos” del antiguo arte de contar historias, presentan un cuerpo teórico de una matemática perfecta. “Quien llame a las puertas de la poesía sin el delirio de las musas, confiando en que le bastará con la técnica para ser un poeta, ése fracasará” Y fracasa, no en ese sentido crematístico que el mundo moderno reconoce bajo el epígrafe del éxito, sino en el único sentido posible del contar historias. La transmisión de ese conocimiento para el desarrollo de una vida plena y por ende feliz. En ese sentido, el mundo moderno ha pervertido el uso y razón de las historias y las historias mismas hasta la aniquilación. Hoy en día, las historias no son más que una herramienta más de la cadena de producción. “Usted dígame que quiere oír y yo se lo cuento” No se trata de hacer buenas o saludables historias, se trata de fabricar productos cuya acogida en el mercado se lo bastante aceptable como para resultar lucrativa. Pero existe un problema, el público no busca historias saludables, el público busca historias que le produzcan una satisfacción tan inmediata como pulsional, sin embargo, no está dispuesto a reconocerlo y no le gusta en absoluto oírlo. El gobierno de la mayoría ha decidido conceder la calificación de calidad a aquello que la mayoría quiere comprar. Nada tiene que ver con la verdadera calidad del producto. Tiene que ver, una vez más, con esa satisfacción inmediata y pueril que se niega a no ser satisfecha y que nos negamos a reconocer como tal. Por que esa necesidad de validación que se manifiesta a través de esa necesidad de que otros reconozcan todos nuestros gustos y comportamientos como algo digno e inteligente no es más que otra manifestación de esa actitud pueril soterrada bajo la más popular de las ignorancias, la de uno mismo.

Como script doctor que soy mi trabajo consiste en analizar hasta el más mínimo detalle de un guion. Como apasionado storyteller mi vocación es la de saberlo todo sobre el mismo hecho del contar y sobre las historias que contamos, que no pueden encapsularse dentro de reglas o estructuras fijas pues limitándolas así pierden todo su poder de transcendencia y con ello, volatilizamos en la nada todo su sentido.

El cine, especialmente el que nos ofrece Hollywood, ha limitado todo el poder de las narrativas fantásticas a una suerte de emociones básicas ajenas a toda sensibilidad profunda, inmunes a toda transcendencia. Podríamos decir que el mismo Aristóteles apunta en su poética “La diferencia (entre la poesía y la historia) estriba en que uno narra lo que ha sucedido, y otro lo que podría suceder. De ahí que la poesía sea más filosófica y elevada que la historia, pues la poesía narra más bien lo general, mientras que la historia, lo particular” (Aristóteles; Poética; 1451 a-b, en la traducción de Alicia Villar Lecumberri para la editorial Alianza)

Aristóteles también reflexiona sobre ese aspecto de la poesía que no consiste en la búsqueda de la verdad, sino en buscar un efecto emocional en quienes la escuchan.

Esta premisa económica rige el cine de arriba abajo, irónicamente, es la primera que el público olvida cuando se trata de ver, pensar o hablar de cine.

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